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Mis Primeros Años (0-4 años)

Mi abuelo Timofti y yo
año 2002

Me llamo Ion Iulian Pauliuc y nací en Radauti, Rumanía.

Mis primeros años transcurrieron en las montañas de Costileva, el pequeño pueblo donde creció mi madre. Mientras mis padres trabajaban en España, persiguiendo su sueño de ahorrar dinero y construir una casa en Rumanía, yo crecía rodeado de amor, aunque a kilómetros de distancia de ellos.

Vivía con mis abuelas y mis tíos, quienes me cuidaban con cariño y me dieron un hogar lleno de calidez y familia. No recuerdo mucho de aquella etapa, pero sé que fue el inicio de todo: mis raíces, mi historia y el lugar donde empezó mi camino.

De Rumanía a España (de 4 a 6 años)

A los cuatro años, mi vida dio un giro. Mis padres, que durante tanto tiempo habían trabajado lejos para darnos un futuro mejor, regresaron a Rumanía y nos llevaron a mi hermano y a mí con ellos a España. Nos instalamos en Almencilla, un pequeño pueblo de Mairena, en Sevilla, donde ellos trabajaban internos en una perrera.

Recuerdo aquella casa con un gran patio donde pasábamos los días jugando e inventando aventuras. Mientras mis padres trabajaban, mi hermano y yo explorábamos cada rincón, curiosos y llenos de imaginación. Fue allí donde saqué mi residencia y donde aprendí mis primeras palabras en español.

En el colegio, todavía con algo de acento rumano, participé en un baile de Michael Jackson, uno de mis primeros recuerdos sobre un escenario. No entendía del todo el idioma, pero sí entendía la alegría, la música y la emoción de aquel momento. Aquellos años fueron el comienzo de una nueva vida: el puente entre mis raíces y mi nuevo hogar.

Vuelta a Rumanía(de 6 a 8 años)

A los seis años volví a Rumanía y me quedé a vivir con mi tía Silvia. Su casa siempre estuvo llena de gente: sus hijos, mis primos, ruidos, risas y un ajetreo constante. Mi hermano vivía en otra casa por aquel entonces, así que a veces sentía esa separación entre nosotros, pero la casa de mi tía me dio calor y compañía.

Empecé primero de primaria y aprendí ucraniano —hoy en día solo sé hablarlo, pero en ese momento fue una puerta nueva a conversar y hacer amigos. Fue una época social: hice muchísimas amistades y aprendí a desenvolverme entre juegos, compañeros y maestros. Siempre fui respetuoso, aunque también viví mis pequeñas pruebas. Recuerdo un chico que me molestaba mucho; en un momento de rabia le quité el teléfono con la idea de venderlo como venganza. Al final no pude hacerlo y lo devolví me acuerdo de esa decisión como algo que me enseñó sobre límites y compasión.

Me regalaron una bicicleta y aquello fue una alegría enorme; con ella sentía libertad y descubrimiento. A la vez, esos días fueron algo duros porque tenía muchas ganas de ver a mis padres, que seguían en España. Esa nostalgia marcaba mis días y me hacía valorar cada llamada y cada recuerdo.

En la rutina ayudaba a mi tía en la granja: ella tenía vacas y muchas veces la acompañaba a cuidar el ganado. También pasaba tiempo con una vecina que tenía montones de juguetes —íbamos a jugar y a explorar— y me fascinaba todo lo relacionado con la huerta. Recoger tomates, cebollas y ver crecer las plantas se convirtió en algo que disfrutaba mucho; era una conexión sencilla con la tierra y con la vida del pueblo.

Esos dos años consolidaron en mí la curiosidad, la convivencia con la familia ampliada y la mezcla de añoranza y alegría que traía tener a los padres lejos. Fueron años de aprender a convivir, a tomar decisiones pequeñas pero importantes, y a jugar hasta que caía la tarde.

La Pérdida De Mi Madre

A los ocho años volví a España con mi hermano para reencontrarme con mis padres. Vivíamos en un pequeño pueblo de Sevilla llamado Guillena, en una perrera a las afueras del pueblo. A pesar de las condiciones sencillas, esos primeros meses fueron de los más felices de mi infancia. Estábamos juntos otra vez. Sentía la calidez de mi madre, sus risas, sus abrazos, su manera única de hacer que todo pareciera estar bien, aunque el mundo fuera pequeño y el futuro incierto.

Pero poco a poco algo empezó a cambiar. Mi madre comenzó a sentirse mal. Primero fueron días de cansancio, luego visitas al médico, después diagnósticos que yo no entendía. Tenía cáncer. Y aunque yo era demasiado niño para comprender el peso de esa palabra, sí entendía el miedo que empezó a llenar la casa.

Recuerdo los días en el hospital. Verla allí, entre la vida y la muerte, fue algo que mi mente no podía procesar. Mi madre la persona que me daba seguridad, alegría, amor se estaba apagando poco a poco frente a mis ojos. Su cuerpo ya no respondía, su voz se hacía más débil… y un día decidió que ya no quería que la viéramos así. Quiso protegernos incluso en su último acto de amor.

Tenía solo diez años cuando se fue. Y aunque en ese momento no lo entendí, con el tiempo comprendí que su ausencia se convirtió en una presencia distinta.

Durante mucho tiempo me dolió profundamente su partida. Me costó aceptarlo, me costó entender por qué la vida podía ser tan injusta. Pero a lo largo de los años, he sentido que ella sigue conmigo: en los momentos de dificultad, en las decisiones importantes, en la fuerza que a veces no sé de dónde saco.

Ella me sigue acompañando, guiando, protegiendo.

Y si estás leyendo esto, entenderás que esta historia no es solo sobre la pérdida, sino sobre cómo el amor trasciende la muerte. Porque aunque mi madre ya no esté aquí físicamente, su presencia se convirtió en mi brújula, en la voz que me empuja hacia adelante, en la fe que sostiene todo lo que soy hoy.

Entre el dolor y la suerte: los años que me forjaron

De los 11 a los 18 años viví una de las etapas más complejas y, a la vez, más afortunadas de mi vida.

Después de la muerte de mi madre, el mundo parecía confuso, lleno de cambios, silencios y ausencias. Sin embargo, poco a poco, la vida me fue mostrando que incluso en medio del caos, siempre hay algo o alguien que te sostiene.

Mi padre, a su manera, trataba de mantenernos unidos. Pasó por diferentes relaciones, y cada una de esas mujeres dejó algo bueno en nuestro camino. Les tengo un profundo agradecimiento, porque cuidaron de nosotros con cariño, como si intentaran llenar, aunque fuera un poco, ese vacío que había dejado mi madre.

Fueron años en los que el fútbol se convirtió en nuestro refugio. Mi hermano y yo nos apuntamos al equipo del pueblo y pasábamos horas jugando, soñando, compitiendo, riendo. A través del balón encontramos un espacio para sentirnos vivos, para pertenecer, para olvidar por un momento lo difícil que podía ser la vida.

En la escuela nos iba bien, y aunque éramos traviesos, también responsables. Aprendí mucho sobre mi carácter, sobre cómo enfrentar las cosas sin rendirme. Empecé a entender quién era y qué me hacía diferente.

También crecí junto a mi padre. Tuvimos momentos de distancia, pero sobre todo de conexión profunda. Lo admiraba. Compartíamos risas, trabajo, y una pasión que empezaba a crecer en mí: las motos. Cada vez que escuchaba un motor arrancar, sentía una chispa, una libertad que me recordaba que la vida, pese a todo, seguía ofreciéndome caminos.

Mirando atrás, esos años me enseñaron a valorar la suerte en sus formas más discretas: la de tener a alguien que te cuide, un balón que te distraiga, un hermano con quien compartirlo todo, y un padre que, aunque roto, nunca dejó de luchar por nosotros.

México a los 19 años

A los 19 años tomé una de las decisiones más importantes de mi vida: dejarlo todo y mudarme a México. No era un simple viaje. Era el comienzo de algo mucho más profundo —un salto al vacío que marcaría para siempre quién soy.

México me recibió con su calor, su caos, su magia. No conocía a nadie, no tenía certezas, pero sentía una energía que me decía que ese era el lugar donde debía estar. Fue allí donde pasé de ser un niño con sueños a un hombre joven que empezaba a construirlos.

Recuerdo mi primer viaje en moto, desde Tulum hasta Ciudad de México. La carretera se convirtió en mi maestra: kilómetros de viento, sol y silencio en los que aprendí a escucharme, a confiar en mí, a sentirme uno con el universo. Cada curva era un reto y una revelación. Aquel viaje no solo me llevó a través del país, sino a través de mí mismo.

Viví en hostales, conocí personas de todas partes del mundo, trabajé en lo que fuera necesario. Hubo momentos en los que me quedé sin dinero, sin rumbo, pero nunca sin fe. Aprendí a sobrevivir, a hablar con desconocidos, a pedir ayuda, a crear oportunidades donde parecía no haber ninguna. Descubrí la verdadera fuerza de la mente cuando no tienes más opción que seguir adelante.

México me transformó. Me enamoré de su gente, de su comida, de su cultura y de su forma de vivir la vida. Pero, sobre todo, me enamoré de mí mismo: del joven que empezaba a hacerse responsable de su destino, del hombre que entendía que la suerte no se espera, se construye.

Ese año fue el principio de todo. El inicio de una vida con propósito, con coraje y con sueños tan grandes como las carreteras que crucé. En México no solo descubrí un país, descubrí mi poder, mi fe y mi conexión con el universo. Y desde entonces, supe que nada volvería a ser igual.

Canadá

Después de mi etapa en México, el siguiente destino fue Canadá. Llegué con 20 años y viví durante casi un año en Vancouver, una ciudad que me cambió por completo. Esta vez no era un viaje para sobrevivir, sino para crecer, para subir de nivel, para convertirme en la mejor versión de mí mismo.

Tuve varios empleos durante mi estancia en Canadá, aunque la mayor parte del tiempo trabajé trasladándome cada día a Bowen Island, una isla situada a unas dos horas de la ciudad. Allí trabajé para Ginette y Tiff, dos personas increíbles que me acogieron y me enseñaron mucho sobre la vida, el trabajo y la gratitud.

Fue una experiencia enriquecedora en todos los sentidos: conocí personas de muchos lugares, mejoré mi inglés y aprendí a vivir con más disciplina y determinación. En México había aprendido a sobrevivir; en Canadá aprendí a avanzar con inteligencia, a actuar con propósito. Fue una evolución: pasé de resistir a construir.

También hice Trust House Sitter, cuidando casas y mascotas mientras sus dueños se iban de vacaciones. Esa experiencia me enseñó responsabilidad, independencia y organización valores que empezaron a consolidar mi carácter.

Durante esa etapa también me compré una Van verde, un logro personal que simbolizaba ese momento de madurez y autoconfianza, una recompensa por todo el esfuerzo y crecimiento que estaba viviendo.

Vancouver me ofreció una nueva perspectiva: la de un hombre joven que empieza a dominar su mente, a confiar en sus capacidades y a crear su propio camino.

Canadá fue el despertar con propósito, el momento en el que dejé de buscar suerte y empecé a crearla. Allí terminé de forjarme: fuerte, consciente y preparado para todo lo que la vida tenía por delante.

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