De los 11 a los 18 años viví una de las etapas más complejas y, a la vez, más afortunadas de mi vida.
Después de la muerte de mi madre, el mundo parecía confuso, lleno de cambios, silencios y ausencias. Sin embargo, poco a poco, la vida me fue mostrando que incluso en medio del caos, siempre hay algo o alguien que te sostiene.
Mi padre, a su manera, trataba de mantenernos unidos. Pasó por diferentes relaciones, y cada una de esas mujeres dejó algo bueno en nuestro camino. Les tengo un profundo agradecimiento, porque cuidaron de nosotros con cariño, como si intentaran llenar, aunque fuera un poco, ese vacío que había dejado mi madre.
Fueron años en los que el fútbol se convirtió en nuestro refugio. Mi hermano y yo nos apuntamos al equipo del pueblo y pasábamos horas jugando, soñando, compitiendo, riendo. A través del balón encontramos un espacio para sentirnos vivos, para pertenecer, para olvidar por un momento lo difícil que podía ser la vida.
En la escuela nos iba bien, y aunque éramos traviesos, también responsables. Aprendí mucho sobre mi carácter, sobre cómo enfrentar las cosas sin rendirme. Empecé a entender quién era y qué me hacía diferente.
También crecí junto a mi padre. Tuvimos momentos de distancia, pero sobre todo de conexión profunda. Lo admiraba. Compartíamos risas, trabajo, y una pasión que empezaba a crecer en mí: las motos. Cada vez que escuchaba un motor arrancar, sentía una chispa, una libertad que me recordaba que la vida, pese a todo, seguía ofreciéndome caminos.
Mirando atrás, esos años me enseñaron a valorar la suerte en sus formas más discretas: la de tener a alguien que te cuide, un balón que te distraiga, un hermano con quien compartirlo todo, y un padre que, aunque roto, nunca dejó de luchar por nosotros.